Ah... las faldas... Ahora también llevan pantalones, pero no importa, siguen siendo divinas e inalcanzables, y es mejor que así sea.Cada día, a cada hora y en casi todos los paraderos, una mujer resulta ser "la mujer" y una trivialidad resulta ser una odisea en la búsqueda del regreso a casa con la amada (con ella, claro).
No sé si les habrá pasado a ustedes, varoniles lectores, que caen en la trampa de la atracción natural del sexo opuesto en el preciso instante en que las ven deambular, llevando su belleza a todas partes, haciéndote dejar de prestar atención a lo que era importante, que en ese momento no importa, porque ellas son el diablo y son ángeles y son dios, amén.
A mi sí me pasa, que día a día veo a una mujer que me deja terriblemente impresionado. Quiero saber más de ella, la miro de reojo pues siempre fui orgulloso (no, no debo permitir que me vea viéndola), pero nunca la pierdo de vista. En mi mente ya tiene un nombre aunque a ella no le interese el mío, y tiene una voz, una forma de decirme que me ama, una forma de besar...
Así me divierto en cualquier camino: inventando amor. Despego mis pies de la calzada y derrepente el mundo somos ella y yo, y me siento enamorado de todas y a la vez de nadie, y es una pasión que me desgarra el alma, que desaparece (junto con el rostro de mi fugaz amada) al llegar a mi casa. Entonces soy tranquilo, soy feliz, soy.
Pero luego salgo nuevamente, las calles se llenan de primavera y vuelvo a sentir lo mismo por ti, por ti, por ti, por ti, por ti... como un recurrente Werther, intermitente enamorado de alguien y de nadie. Mas luego estoy en mi destino y mis intereses son otros. Entonces soy tranquilo, soy feliz, soy.



